No pasa nada.

Aquello no era más que una farsa bien coreografiada y ella era la única que parecía darse cuenta, le resultaba irritante tener que aguantar semejante despropósito social por los viejos tiempos. No había sido una buena idea presentarse, pero tragó una bocanada de aire inútil y entró.

Desde que no dejan fumar en los bares todo huele más a rancio, y aquella tarde no era una excepción. El humo tiene un halo de misterio que funciona como un refugio perfecto, bohemio y surrealista, un refugio que ella anhelaba fervientemente, y que no iba a encontrar allí. Se consoló pensando que en caso de emergencia podría al menos excusarse y salir a fumar un pitillo. 

Al escudriñar la sala buscando alguna cara conocida se cruzó con varias miradas que fue ignorando, hasta reconocer los típicos aspavientos que la invitaban a unirse a la peor de las fiestas. Sonrió por cortesía mientras se acercaba a la mesa en la que estaban todos sentados, ella era la última en llegar y eso le supuso un alivio. El hecho de llegar la última suponía que, por una cuestión de comodidad, los saludos individuales quedaban anulados y un saludo general sería bien aceptado por los presentes, eso fue exactamente lo que hizo, mientras le hacía señales al camarero de la barra para que le acercara un vaso.

En cuestión de minutos se encontró a si misma intentando prestar atención a una historia aburridísima que contaba quien siempre monopoliza las conversaciones, mientras observaba su vaso y la cerveza que contenía. Solo podía pensar que ni toda la cerveza del mundo sería suficiente para aguantar esa soporífera historia ni las demás que sabía que vendrían. ¿Como había acabado ella allí? ella que estaba destinada a vivir aventuras inimaginables, de repente se veía confinada al lugar donde van a morir las almas intrépidas por culpa de su propia vagancia. Entonces escuchó su propio nombre y levantó la cabeza.

-¿Y tú que tal?

-Bien, lo de siempre, no tengo mucho que contar. ¿Que tal vosotros?

Era evidente que no tenía ganas de hablar, pero se reconoció solo para si misma y con amargura, que tampoco tenía nada que contar, esa es una punzada que duele. El hecho de preguntar a los demás le obligó a tener que estar atenta a sus historias durante algún tiempo, asintiendo y forzándose a sonreír cuando la ocasión lo requería. Pero no tardó en volver a sus pensamientos, dejando las voces de los demás como sonido blanco.

Las jarras de cerveza se sucedían a un ritmo constante y durante un par de ocasiones contempló la posibilidad de salir a fumar, pero sabía que si lo hacía alguien terminaría acompañándola y eso significaba tener que dar conversación de forma obligatoria, así que se tragó las ganas, la angustia y la cerveza. Fue en la quinta jarra cuando empezó a comprender que la bomba estaba apunto de estallar, en total eran seis personas y las lenguas viperinas empezaban a soltarse a causa del alcohol.

-¿Que te pasa hoy? estás más callada de lo normal.

-¿Eh? no me pasa nada, os estoy escuchando.

- No tía, estás rara de cojones, si te pasa algo suéltalo.

- Que no me pasa nada os digo.

Y en realidad era eso lo que pasaba, que no pasaba nada, nunca pasaba nada, ¿que había sido de los tiempos en los que todo era nuevo, excitante y peligroso? esos tiempos solo los había vivido ella, de todos los presentes, solo ella, y si quería encontrarlos de nuevo iba a tener que soltar el lastre que suponían los sentados a la mesa y la ciudad en la que se encontraban. Pero el tiempo no perdona, y la vida le resultaba tan cómoda como monótona. Se maldecía por no tener las agallas de mandarlo todo a la mierda y perseguir sus tontas aventuras, se maldecía por creer que estos pensamientos eran impulsos momentáneos y que racionalmente no tenían ningún sentido.

Así que siguió tragando cerveza mientras los demás la psicoanalizaban en voz alta, buscando alguna mueca que les proporcionase la razón. Ella sabía perfectamente lo que estaban haciendo, era una forma de pasar el tiempo, para ver quien daba con la respuesta acertada, era un juego que no le hacía ninguna gracia, y decidió cortar por lo sano. Empezó su monologo susurrando, y en ningún momento subió el tono lo suficiente para montar una escena, ni falta que hacía, el peso de sus palabras era suficiente para lograr su propósito.

-¿creéis que tenéis derecho a juzgarme?, no lo tenéis. La mitad de vosotros parecéis de atrezzo, vosotros nunca habéis tenido ni la menor idea de lo que queréis, nadie en esta sala tiene ni puta idea de lo que quiere, nadie excepto yo, que lo que quiero es salir de aquí cuanto antes, y eso exactamente lo que pienso hacer.

Recogió su chaqueta a toda prisa, al agarrar el bolso casi tira la silla de la que estaba colgado, y eso habría sido fatal, pero la silla no cayó. Así que abandonó la sala con elegancia y la cabeza muy alta, mientras se repetía para si misma su propia mentira “por favor, que nadie me siga” y nadie lo hizo.

La teoría de la relatividad.

“Una personalidad es la suma de sus vicios” lo señala Colin Greenland en una típica reseña de contra-portada. Esta cita está sujeta a su contexto, que se compone de la visión de un futuro bastante oscuro para la humanidad y bla bla bla… en fin, ciencia ficción. Por lo que yo se, una personalidad se compone de la suma de las virtudes y los defectos del individuo en cuestión. Virtudes y defectos, se suman o se restan, y según el sistema de referencia se transforman las unas en los otros y viceversa. Algunos son vicios adquiridos y otros no, pero es el sistema de referencia lo que me da vueltas en la cabeza.

Desde mi sistema de referencia, tengo clasificadas mis características, mis vicios y los de quienes me rodean, según un esquema de virtudes y defectos, es lo que comúnmente se llama una escala de valores. Luego están las escalas de valores predefinidas, las religiosas por ejemplo (con todo ese tema de la moral, del bien y el mal etc…), las llamadas filosóficas (que hablan de la ética o la falta de ella cuando se juega a la convivencia social) y espero que algunas más relacionadas con culturas de origen y demás. Estas escalas pretenden funcionar como absolutas, es decir, se supone que no dependen de ningún sistema de referencia y actúan como leyes universales.

Primer error, ¿Como se puede pretender que lo que sea que se adopte por convenio se pueda considerar absoluto?, carece totalmente de sentido, por lo visto solo se dan cuenta quienes postulan y a estos les favorece ocultarlo a todas luces. El caso es que estas escalas son en realidad relativas, y tienen una función dependiendo del sistema de referencia que adopten. Yo, que constituyo el centro de mi propio sistema de referencia, adoptaré, deformándolos según mi conveniencia, algunos aspectos de diferentes escalas y crearé los míos propios. Así es como se construye una escala de valores consistente y sana, parece obvio, pero por lo visto no lo es.

Lo bueno de tener tu propia escala de valores es que jamás se adaptará del todo a tu sistema de referencia, y ahí está la gracia. Deformar vicios propios o resultar magnánimo respecto a ciertos aspectos puntuales, hacen que termine imaginando esta estrecha relación como algo con una constante elástica y una plástica.

Luces, cámara, acción!

Feliz 2012. 

Voy a empezar el año como todo el mundo, hablando de los propósitos de año nuevo. Digo “hablando” porque es lo que hace todo el mundo, hablar de ellos durante tres meses máximo antes de olvidarse por completo o darse totalmente por vencido. Nadie, o casi nadie, cumple sus propósitos de año nuevo, y parece fácil decir desde fuera que es por falta de voluntad, pero la verdad es, que el problema radica en la forma de desempeñar dichos propósitos.

Para cumplir un propósito o cambiar un habito (que viene siendo lo mismo) la corriente lógica general nos dicta que tenemos que actuar como si poseyésemos aquello a lo que aspiramos, de esta forma por repetición terminaremos adaptándonos, y de paso durante el periodo de aprendizaje todo nuestro entorno nos aceptará con nuestras nuevas cualidades. Pues bien, esta “teoría” solo sirve para dejar de fumar, por lo demás resulta tan útil como una pelota de golf verde. El problema radica en la palabra “actuar”, para actuar como un médico solo hace falta llevar una bata blanca y un estetoscopio, pero si quieres ser médico vas a tener que aprender medicina. Lo mismo ocurre con nuestros fantásticos propósitos, para ser más maduro hay que aprender a ser consecuente con tus decisiones, no hace ninguna falta convertirse en un coñazo de persona, y si lo que quieres es ser más positivo deja de pasarte el día sonriendo como un imbécil y aprende a contemplar las situaciones desde el mayor número de puntos de vista posibles.

Somos unos vagos y unos prepotentes, esa es mi conclusión. Siempre eligiendo el camino más fácil, como si la imagen que proyectamos de nosotros mismos constituyera nuestro verdadero yo, y en el fondo sabemos que no es así, pero para no pensar en ello nos concentramos en juzgar a los demás, vomitando sobre ellos el reflejo de nuestros propios problemas.

Un buen propósito para este año nuevo sería empezar a pensar con la cabeza, con darle a todo otra vuelta de tuerca las cosas acaban saliendo antes o después. Yo, por mi parte, he dejado de fumar.

R.E.S.P.E.C.T.

“En este mundo traidor nada es verdad, ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Lo escribió Ramón Campoamor y tiene más razón que un santo. Todo el mundo cree mirar la vida según sus convicciones, según su forma de pensar y su filosofía de vida. Lo cierto es que no es así, pero debería serlo, así nos evitaríamos todas esas guerras que llevan azotando a la especie humana desde el principio de los tiempos.

Los problemas aparecen cuando intentan forzarte a que contemples tú propia existencia según su cristal, es como intentar pasar un camello por el ojo de una aguja. Nadie que no esté en tu piel tiene información suficiente para imponerte su forma de pensar, y yo, personalmente, intento alejarme lo más posible de aquellos que se atrevan a a intentarlo. No hablo de religión o filosofía (ese es otro tema), sino de relaciones con tus allegados. Pero tampoco de consejos de amigos ni cosas por el estilo, un buen consejo siempre viene bien, y en cualquier caso se agradece la molestia. Hablo de cuando la situación es tan forzada que te ves en obligación de justificar tus actos, sabiendo a ciencia cierta que obras según tú ética y tu forma de pensar. Esa situación que se va repitiendo con la esperanza de que entres en razón sobre cualquier cuestión, y que provoca la desagradable sensación de que te están faltando al respeto.

Seguir las convicciones morales de uno mismo y dejar que cada cual siga su camino es una tarea complicada, muchas veces creemos tener razón suficiente como para meternos en la vida de los demás, creyéndonos héroes dispuestos a salvar el día. Ese es el primer paso para provocar un desastre. Ya lo dijo Paul Mccartney “vive y deja morir”.

Como este artículo tiene ya dos citas, y no hay dos sin tres, voy a acabar con la tercera: “Yo empecé la broma, que dejó al resto del mundo llorando, pero no vi venir, que la broma era sobre mi”. Es una pena que poca gente se interese por las letras de las canciones en inglés, por cierto la canción es de los Bee-gees, ¿a que nadie se imaginaba que estos horteras pudiesen hablar de algo más allá de la disco? pues sí. 

Dos monedas de plata para pagar al barquero.

Previsión, ese es el secreto. Los pasos a seguir son bastante simples, primero analizas si es factible que ocurra lo que tanto temes (este paso es el primordial), después calculas el impacto que supondrá (es necesario calcular el mayor impacto posible y exagerarlo) y entonces viene el tema de encauzar el temporal. Para encauzar el temporal suelen existir tres opciones tipo:

La media vuelta: es una solución cobarde y no resulta muy simpática, pero se usa con frecuencia y resulta efectiva según la situación. Se trata de negación de la evidencia, cambio forzado de escenario etc… en resumen, pasar de todo y tomar las medidas necesarias para que no te salpique la mierda.

Salto de trampolín: parece la solución más valiente, en la cual asumes todas las culpas, todas, incluso las que sabes a ciencia cierta que no son tuyas. Si que es valiente, pero se usa cuando el cálculo del impacto es una cifra ridícula, hasta tal punto que te termina importando bien poco cargar con todo.

Rezar a los santos: en esta situación (de la que no puedes o no quieres desentenderte) vas viendo como se desempeñan los acontecimientos, como un mero espectador o como si no lo hubieses previsto. Vas asumiendo las consecuencias de tus actos intentando pasar lo más desapercibido posible. Salir airoso del temporal dependerá de la maestría del navegante, aunque la mayoría no tenemos ni puta idea de como llevar un barco.

Lo curioso del asunto es que las tres medidas para encauzar el temporal se usan tanto si se ha previsto el problema como si no, y es lógico, el problema aparece y algo hay que hacer. Pero la situación ideal es ver venir el desastre y poder calcular el impacto, es la única forma de conseguir los aprovisionamientos a tiempo, hay que cubrirse las espaldas. Si calculamos el mayor impacto posible y lo exageramos, la situación que nos queda es estar en la orilla equivocada de la laguna Estigia, y en ese caso lo que hay que hacer es buscar por lo menos dos monedas para pagar a Caronte.

A través del espejo.

Por si no lo habéis notado, os diré que todas las entradas de este blog (de momento) orbitan alrededor del concepto sociedad-individuo y como este se relaciona con el medio, intentando aclarar las ideas, pero sobretodo buscando atajos. No suelo elegir el camino más bonito, ni el más fácil, elijo siempre el más rápido, a veces falla, pero a mi me resulta útil.

En todo este concepto sociedad-individuo existe un factor que resulta muy útil poseer para funcionar bien en el juego, me refiero a la empatía. Esta cualidad te permite entender y adaptarte a las diferentes situaciones sociales que se te presenten con cierto grado de facilidad, y es algo de lo que yo carezco (estoy empezando a asumirlo). Al principio pensaba que la empatía se podía cultivar a base de observación metódica del comportamiento de los demás, puedes llegar a reconocer ciertos sentimientos expresados en sus rostros, pero no empalizarás con ellos. De todas formas la observación tiene cierta utilidad.

Por medio de la observación y comparando con tus propias experiencias puedes llegar a descifrar como se siente alguien en cierto momento, o por lo menos aproximarte, aunque simpatizar con su situación es otra liga. Por mi parte, cuando entiendo como se sienten los demás (cosa que no pasa muy a menudo) y pienso que es mi obligación simpatizar con ellos, utilizo lo que he bautizado como “el espejo”.

“El espejo” no es una técnica, es algo innato y algo que he descubierto recientemente (al ser innato rara vez te planteas porqué reaccionas así). Consiste en imitar las reacciones de quien tienes delante. Sé que es frío y parece calculado, pero siempre me escudo pensando que es la reacción más amable. Sin embargo, el espejo puede ser una bomba de relojería y sinceramente, no tengo ni idea del porqué. ¿Será que en ocasiones se espera una reacción distinta por mi parte?, ¿pensarán que les estoy tomando el pelo?. Lo que yo daría por un poco de empatía.

La montaña rusa

Levo dos semanas sin publicar nada. Lo peor del asunto es que ni siquiera me había planteado el porqué, hasta ahora. La respuesta es tan simple que no la he tenido que pensar ni un minuto: me he apeado de mi montaña rusa emocional. No se como he podido llegar a esta situación de conformismo, tan apetecible, tan cómoda, tan monótona y tan aburrida.

Pasar por un momento emocional de encefalograma plano tiene sus ventajas, el cerebro descansa, no existen planteamientos incesantes de situaciones reales o hipotéticas, cambios constantes de opinión y de repente aparece una sensación de falsa felicidad que resulta muy adictiva. En este periodo de inactividad cerebral aparece la tan apreciada característica de la funcionalidad, y es aquí cuando encajas como pieza del engranaje social y mueres lentamente. Todos sabemos lo que ocurre cuando tienes un encefalograma plano.

La montaña rusa es todo lo contrario, los cambios constantes de opinión te machacan el cerebro de tal forma que acabas viviendo dentro de él, como un barco a la deriva. Dejarse llevar por estados de ánimo contradictorios y a menudo coexistentes es agotador, pero sobretodo es muy desconcertante. Es en esa situación cuando aparece lo que llamamos “creatividad”, esa necesidad de expresión fruto del excesivo funcionamiento del pensamiento racional, que funciona como una explosión irracional en forma de compensación. Naturalmente, la personalidad creativa, no encaja en el entramado social, es incomprendida y se considera contraproducente, aunque por convención social se le atribuye falso valor.

Personalmente prefiero “la montaña rusa” y me he propuesto no volver a caer en este estado letárgico tan agradable y consistente (de momento). Esto no quiere decir que empiece a publicar a diestro y siniestro, el tema de publicar es mas bien una consecuencia, no una causa. La pregunta que planteo es ¿como alcanzar ese estado de “montaña rusa”? Está claro que es un tema de auto-agresión bastante irresponsable.

Bailando con las serpientes.

Ayer encontré un bolígrafo que me regaló un señor muy extraño hace tres años en Berlín. Era lunes por la mañana, estaba paseando por las calles de la ciudad sola (mis amigos tenían que trabajar) y me senté en una terraza a tomar algo. Fue un golpe de viento lo que empujó unos papeles desde la mesa donde estaba aquel hombre justo a mi lado, al recogerlos me pidió fuego y en poco menos de diez minutos estaba sentado frente a mí. Creo que se llamaba Hans, tenía entre sesenta y setenta años, la misma pinta que Keith Richards (pulseras de hilo incluidas) unas arrugas en el rostro que daban la impresión de traducirse en el mejor de los best sellers, pelo blanco peinado hacia atrás, muy alto y una personalidad arrolladora.

Parecía un hombre con algo importante que decir, como yo tenía toda la mañana, le dejé hablar. Sus historias eran fascinantes y fantásticas por igual, pero con fantásticas no me refiero a increíbles, sino a imposibles de creer. Me hablaba, en un ingles muy tosco, sobre Bowie e Iggy, según el eran amigos suyos. Dijo que me había compuesto una canción, incluso me dio una hoja con la letra, se llamaba “dancing with snakes” (la tengo guardada), también el bolígrafo y un dc de Bowie. Contaba que era profesor de matemáticas en la universidad de Méjico, que vivió un terremoto allí en el 81, que se casó con la hija de un cónsul de nosedonde y que se codeaba con la alta burguesía europea. Cuatro horas y dos cafés más tarde, me despedí de él, mientras lo describía mentalmente como el entrañable megalómano. A día de hoy lo recuerdo perfectamente y no puedo dejar de sentirme bastante identificada a ciertos niveles.

¿Acaso era realmente fascinante? quizás era un buen titiritero, hizo que me identificase con el, moviendo los hilos estratégicamente, aunque esos hilos los vi claramente. Lo que me enganchó del todo a sus cuentos fue la capacidad que tenia de vivir en ellos, se le notaba al contarlos, atrapado en su imaginación. Si fuese capaz de vivir en mi imaginación de forma permanente y reinventarme un millón de veces, sería feliz y viviría bajo un puente.

Cazafantasmas.

Ayer estuve viendo un programa de televisión que me entretiene bastante, es un programa que conduce Ricky Gervais en Sky 1, se llama “An idiot abroad”. Se compone de una serie de reportajes sobre viajes, pero tiene un punto muy divertido, el supuesto presentador es bastante tonto, y se dedican a hacerle putadas por los cinco continentes. En el programa de ayer ese pobre diablo tuvo un momento de lucidez, lo que dijo tenía la intención de ser una tontería graciosa, pero fue algo que me hizo pensar. Hablaba sobre las personas invisibles, defendía a capa y espada su existencia con unos argumentos muy curiosos. Según él, las personas invisibles intentan comunicarse con nosotros en un principio, pero como son invisibles a nuestros ojos, terminan tirando la toalla y apartándose de nuestro camino “que no los veamos no significa que no existan”. Como tontería no tiene precio, pero en el fondo ¿hasta que punto necesitamos comunicarnos para existir?, ¿si no somos participes del juego social desapareceremos?.

La sensación de sentirse ignorado es más que desagradable, pero uno se puede llegar a acostumbrar a ella, como a muchas otras. La reacción más lógica y desesperada a esa sensación es la de hacerse notar, cosa que (como todo lo desesperado) siempre acaba saliendo mal. No hay nada más molesto que alguien haciéndose notar, ni tampoco nada más fácil de ignorar. Si la respuesta a tu llamada de socorro es totalmente nula ¿qué sentido tiene?, ¿cual es la salida?, de momento tienes algo de voz, resultas molesto, pero ¿cuando tirarás la toalla y empezarás a desaparecer?.

De ignorar a evitar, ese parece ser el punto de inflexión, mas bien de resignación. las conclusiones que saco de esto son dos, la primera es que para estar hay que hacer un esfuerzo titánico, pero para desaparecer no hace falta hacer nada en absoluto, y la segunda (relacionada con la primera) mira en que batallas inviertes tu esfuerzo, las que merecen la pena no suelen necesitar mucho.

¿Cual te pides?

Me encanta la frase “eso es de sentido común”, frase que en realidad significa: no me puedo creer que intentes explicarme algo que sabe hasta Tom (el de myspace). La verdad es que el sentido común es el menos común de los sentidos y eso que viene de comunidad. Cuando decimos que algo nos parece “de sentido común”, ¿asentimos con tal de pertenecer a un club?.

En cierta medida todos necesitamos sentirnos aceptados, pero está muy presente el problema que se plantea al seguir las opiniones de los demás como borregos. Prefiero pensar que la gente finge aceptar dichas opiniones aunque no crea realmente en ellas. La masa es un animal asustadizo, pero el individuo es inteligente.

En contrapunto al sentimiento de aceptación se presenta el sentimiento de liderazgo, y para eso se necesita diferir de la opinión común como forma de destacar. También es necesaria cierta gracia a la hora de vender tus ideas y convencer a los demás, pero lo importante es diferir. En este escenario social yo distingo tres personajes que llenan la escena:

El líder: es quien tiene el control sobre los demás, ejerce ese control (consciente o inconscientemente) como una forma de poder. Pero la realidad es que el papel del líder no es un papel apetecible, los poderes conllevan responsabilidades y si la cosa falla, adivinad ¿quien se come las culpas?.

El borrego: este es un rol muy cómodo, el borrego asiente y hace lo que se le dice. Aunque está el borrego inteligente, que asiente y hace lo que le da la gana (es un espécimen raro). Siento bastante simpatía por este último.

El líder en la sombra: este es mi favorito, este es el líder de verdad y el más listo. Ejerce un control consciente, tiene todo el poder y ninguna responsabilidad, La responsabilidad se la lleva el pelele que hace de líder a cambio de la notoriedad (y la gloria). Me parece un trato excelente.

Estos son los tres roles, ¿cual te pides?.